Homily by Archbishop Thomas Wenski during Mass for the feast of All Souls at Our Lady of Mercy Cemetery in Miami. Monday, Nov. 2, 2015

Today’s feast of All Souls, together with yesterday’s feast of All Saints, is for us Catholics a lesson in Ecclesiology, or in how the Church understands herself. The Church, as the Second Vatican Council reminded us, is essentially a communion: through Baptism we enter into the very life of God – the Father, Son and Holy Spirit. We become members of one body, the Body of Christ.

That communion which is ours in Christ is called in the Creeds “the communion of saints.” And that expression is a wonderful way of answering the question, what is the Church? For what is the Church, but the assembly of all the saints, living and dead?

And that communion is only severed by serious sin. Death does not sever our communion with the saints – therefore, tradition has spoken of three states of the Church: the Church triumphant – those of our numbers who have already entered into the glory of everlasting life; the Church suffering – those of the faithful departed who will soon enter heaven but are now experiencing the final purgation or purification that we Catholics call purgatory; and the Church militant, that is those of us who, while citizens of heaven through our baptism, are still on our pilgrimage on earth, traversing as it were, alien land until we reach our true fatherland, the Kingdom of heaven.

La Iglesia, como nos recuerda el Concilio Vaticano Segundo, es esencialmente una comunión.

Esa comunión, que es la nuestra en Cristo, es llamada en los Credos “la comunión de los santos”. Y esa expresión es una manera maravillosa de responder a la pregunta, ¿qué es la Iglesia? Porque, ¿qué es la Iglesia sino la asamblea de todos los santos, vivos y muertos?

Y esa comunión sólo se rompe por un pecado grave. La muerte no rompe nuestra comunión con los santos – por lo tanto, la tradición ha hablado de tres estados de la Iglesia: la Iglesia triunfante – aquéllos de nosotros que ya han entrado en la gloria de la vida eterna; la Iglesia que sufre – aquéllos fieles difuntos que pronto entrarán en el cielo, pero que ahora experimentan la purga o purificación final que nosotros los católicos llamamos purgatorio; y la Iglesia militante, es decir aquéllos de nosotros que aunque somos ciudadanos del cielo por medio de nuestro bautismo, aún estamos en nuestro peregrinaje en la Tierra.

During November, when the days grow shorter, we do well to remember the shortness of our lives and meditate on those “Last Things” that await us all. Those “last things” are, of course, death, judgment, heaven (and for most of us with a stopover in purgatory first) or hell. But, thanks to the feasts of All Saints and All Souls, our November reflections do not have to be morose but rather should be hopeful. The Catechism of the Catholic Church teaches: Hope is the theological virtue by which we desire the kingdom of heaven and eternal life as our happiness, placing our trust in Christ’s promises and relying not on our strength, but on the help of the grace of the Holy Spirit. (CCC #1817)

Nuestra creencia en el Purgatorio – la purificación final de los elegidos – nos ayuda a nosotros los católicos a permanecer firmes en esa esperanza – evitando así tanto la desesperación como la presunción. La desesperación se opone a la bondad de Dios, a su justicia – porque el Señor es fiel a sus promesas – y a su misericordia. Debido a que hay un purgatorio, no necesitamos desesperarnos por nuestra salvación personal o por la de nuestros seres queridos, si cuando morimos aún nos falta para alcanzar la santidad perfecta requerida para entrar a la presencia de Dios. Y al protegernos de la desesperación, nuestra creencia en el purgatorio también nos protege de caer en la presunción que podemos salvarnos a nosotros mismos – sin la ayuda de la gracia de Dios – o que podemos obtener el perdón sin conversión, o la gracia sin mérito. (Cf. CIC #2091, 2092)

Our belief in Purgatory – the final purification of the elect – helps us Catholic to remain firm in that hope - thus avoiding both despair and presumption. Despair is contrary to God’s goodness, to his justice – for the Lord is faithful to his promises – and to his mercy. Because there is a purgatory, we need not despair of our own or our loved ones’ personal salvation if when we die we still fall short of the perfect holiness required to enter into God’s presence. And while guarding us from despair, our belief in purgatory also protects from falling into presuming that we can save ourselves – without the help of God’s grace – or that we can obtain forgiveness without conversion, or grace without merit. (Cf. CCC #2091, 2092)

Durante el mes de Noviembre, cuando los días se hacen más cortos, hacemos bien en recordar la brevedad de nuestra vida y meditar sobre aquéllas “Ultimas Cosas” que nos esperan a todos. Y estas “ultimas cosas” son la muerte, el juicio, y el cielo (para muchos, sino para la mayoría de nosotros, por medio de purgatorio) o el infierno. Más, gracias a las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, nuestras reflexiones de noviembre no tienen que ser tristes, sino más bien deben ser esperanzadoras.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. (CIC #1817.)